El capitalismo ha formulado su tipo ideal con la figura del hombre unidimensional. Conocemos su retrato: iletrado, inculto, codicioso, limitado, sometido a lo que manda la tribu, arrogante, seguro de sí mismo, dócil. Débil con los fuertes, fuerte con los débiles, simple, previsible, fanático de los deportes y los estadios, devoto del dinero y partidario de lo irracional, profeta especializado en banalidades, en ideas pequeñas, tonto, necio, narcisista, egocéntrico, gregario, consumista, consumidor de las mitologías del momento, amoral, sin memoria, racista, cínico, sexista, misógino, conservador, reaccionario, oportunista y con algunos rasgos de la manera de ser que define un fascismo ordinario. Constituye un socio ideal para cumplir su papel en el vasto teatro del mercado nacional, y luego mundial. Este es el sujeto cuyos méritos, valores y talento se alaban actualmente. (Michel Onfray)


lunes, 18 de junio de 2012

LAS PALOMAS REVOLOTEABAN A SU ALREDEDOR (2000)




LAS PALOMAS REVOLOTEABAN A SU ALREDEDOR

Durante años, desde mi ventana, he contemplado el paisaje más cercano. Auroras liberadoras, mañanas grises, mediodías soleados o impregnados por la melodía de la lluvia. Un oasis en la dureza del trayecto agotador. Voluntariamente agotador. Tras el empeño de vivir varias vidas en una.
Desde lo alto, contemplo un horizonte de casas viejas, un antiguo barrio obrero. Viviendas sencillas, minúsculas, de planta baja, piso y patio con un rosal o un arbolito en el fondo. Y pequeños bloques de pisos acurrucados. En esos mundos viven gentes que miran hacia la vida tras los cristales o que arrancan las hojas muertas de los geranios.
A veces, de tanto mirar y mirar, me abstraigo y repaso mis errores, mis oportunidades perdidas, mis ilusiones lejanas, mis pequeños fracasos. O grabo y regrabo en mi conciencia las pruebas de la maldad y estupidez de las personas que rigen los destinos del mundo.

Durante años, desde mi ventana, he contemplado el perfil inmutable de las montañas y los cambios lentos del paisaje urbano. Por ejemplo, los de aquella casa en la que, domingo tras domingo por la mañana, veía a un hombre trabajar en su terraza. En la época de la que os hablo, construyó, plácidamente, ladrillo a ladrillo, un gran cobertizo. Después, trajinó en el interior, supuse que levantaba algunos tabiques, que enyesaba las paredes o que... No sé.
Quizá, mucho antes de residir yo aquí, ya aquel hombre habría construido la casa entera con sus propias manos. Primero, habría levantado las paredes y la fachada, luego habría instalado las vigas y los listones para la cubierta y por último había colocado las baldosas revistiéndola. Siempre con la misma actitud calmosa. Quizá…
Hacia el mediodía, como una rutina, contemplaba un rato su obra y luego se sentaba y leía un periódico mientras las palomas revoloteaban a su alrededor.
¿Vivía solo? Nunca vi a nadie que subiera a la terraza, ni para hablarle ni para contemplar sus progresos en la obra. No sé…
¿Cómo sería la cara de aquel hombre? Entonces me la figuraba de rasgos fuertes, de mirada enérgica y al tiempo sosegada, pero desde mi ventana sólo distinguía con precisión la blancura de sus cabellos. Tal vez nos cruzásemos distraídamente cada mañana, camino de nuestros trabajos, o los sábados por la tarde, de paseo por las anchas avenidas, ensimismados, sin reconocernos.

Durante semanas — quizá fueran algunos meses— no me preocupé de lo reiterado de su ausencia. «Es lógico», pensé al advertirla, «¿no habrá acabado ya con todo cuanto hubiera proyectado tiempo atrás?»
Y pasaron los meses —quizá fueran algunos años— hasta que un día vi señales inequívocas de que en la casa se estaban realizando obras, grandes obras.
«¿Dónde estará, qué se habrá hecho del hombre de la terraza?», me preguntaba mientras veía trabajar a albañiles y pintores.
El gran cobertizo se convirtió en un estudio, sus pequeñas ventanas se transformaron en un amplio ventanal, las persianas verdes de madera fueron sustituidas por otra de tonos acerados.
Ahora, allí donde trabajaba de manera minuciosa el hombre de las palomas, vive ahora una pareja joven y arrogante. Los domingos por la mañana, incluso algunos de invierno, se les ve tomando el sol en la terraza.
Cuando anochece, a veces, aún los veo exhibir su esbelta desnudez tras la gran cristalera. Allá lejos.

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